La literatura no es igual con el estómago vacío que con el estómago lleno, las letras no se dibujan igual en estas manos suaves que en los dedos encallados. Roberto Arlt lo sabía, y sin embargo esta Buenos Aires es totalmente distinta a la que él vivió.

sábado, enero 17, 2015

No.

No sos apta. La jefa de gabinete lo dijo, las maestras lo repitieron con insistencia en los pasillos. Algunas madres se rieron y también miraron con miedo, indignación, casi pude sentir las burlas en la espalda de mis compañeros. Mi viejo me insistió que no me preocupara, que esa gente no siente nada. Entonces yo no le discutía y cuando se iba, me metía uno de sus libros en la mochila y me pasaba el viaje del 100 conociendo a tipos geniales como Bradbury, que no se parecía a ninguno de mis maestros, ni de mis compañeros, ni a ninguna de las personas que yo conocía. Con el bondi me iba hasta San Telmo, un lugar que se llamaba Caliban donde hacía teatro, y tenía un tiempo para ser otra persona. Tenía un tiempo para ser apta, tenía un tiempo para que no serlo tampoco fuera tan malo. Yo no quería ser musa de nadie, pero si me interesaba escribir, actuar, volvía a mi casa leyendo y con discos que compraba por 5 pesos, como Raw Power, escondido entre mis cosas y establecía conversaciones con las personas que tenía enfrente del tren en Constitución. ¿Qué piensan? ¿Por qué están tan cansados? Yo tenía 12 años y no sabía lo que era trabajar. Nada más quería escribir y tenía la esperanza que las cosas se iban a solucionar, si, el futuro era llegar, poner ese disco y que las pupilas se me dilataran como si el arte bastara como droga. Quería llenarme de todo y que el otro día, la escuela donde me habían echado, la escuela que venía, mis compañeros y sus risas burlonas, sus miradas que eran mutilaciones, no existieran más que en pesadillas, que la realidad fueran las canciones, las alcantarillas sobre las que me cantaban y que había que vivir, destruir, respirarlas. Pero ya no pienso en eso cuando no duermo, pienso nada más en sus miradas, en la tristeza, en el miedo. Y no duermo desde que yo no soy yo. No tanto como lo escrito en esos diarios. No tan yo como lo que se huele en esas entradas a recitales. No tan yo como esa noche en la playa. No tan yo como cuando me decía que tenía que mantener sangrantes mis heridas, y la metáfora se transformo en algo triste, real. Cuesta mucho volver a sentirme bien sin sangrar. No sé como sentirme bien hasta que llego a mi casa, cierro las puertas y otra vez suena ese disco; a veces, sigo manteniendo conversaciones imaginarias y retorna el hambre por tantos libros, por la noche. Tengo la culpa de estar loca, pero no de no ser apta. La jefa de babinete lo dijo. Las maestras lo repitieron en los pasillos y mis compañeros volvieron a reir con miedo. Ellos son el mundo y yo cada vez soy menos yo. No quiero esconderme. Ni que digan que no soy apta. Quiero volver a sangrar.

No hay comentarios.: