La literatura no es igual con el estómago vacío que con el estómago lleno, las letras no se dibujan igual en estas manos suaves que en los dedos encallados. Roberto Arlt lo sabía, y sin embargo esta Buenos Aires es totalmente distinta a la que él vivió.

viernes, diciembre 18, 2015

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No sabía adónde mierda ir ni en quién realmente contar, pero una cosa estaba clara: iba a terminar en la mierda. "Te tocó vivir en un mundo con una concepción totalmente empirista y vos... bueno, vos, mea culpa, tuviste una crianza de nena acomodada. Yo a tu edad ya tenía cayos". Ese era el discurso crónico de mi papá, entre whisky y vinilos, sin importar si volvía de la La Toma, de la casa de una amiga o si llevaba algún obelito para coger. Y sin embargo, me seguía bancando esa formación intelectual de la que tanto renegaba.

No tenía muchos amigos, pero los que tenía tampoco llevaban con ellos grandes aspiraciones. Algunos querían tocar la guitarra todo el día, otros no soltar el tetra y, los más osados, abolir las elecciones del 2007 con fanzines y afiches. En ese barrio de mierda los únicos amigos que tenía se la pasaban duros todo el día. No había ningún anhelo en concreto, nuestra biografía podía resumirse en la parte de observaciones de algún boletín escolar, escrito con una cursiva de mierda, por profesores un poco menos obtusos que sus pares. Ninguno de nosotros pensó seriamente que iba a llegar el día que la realidad nos alcanzara. Nos hicimos fuertes uno por uno. Y tal vez, mirando toda esa inocencia, podías darte cuenta que la mirada delataba lo que iba a pasar.

Con esa gente nunca creímos en el optimismo adolescente. Recuerdo noches de nihilismo en una terraza. Recuerdo compilados eternos de mp3. Recuerdo rateadas donde nadie se divertía. Recuerdo que siempre había que hacer un pogo más, para dormirse en la pared del Mc.Donalds de Versus. Recuerdo los debates en la Red Libertaria. Y los libros, el barrio de mierda que me contenía, los tres acordes de Roñosos que me enamoraron el mismo día que descubrí a Chejov. Me acuerdo cuando toda la ideología se podía resumir en un fanzine. En ese momento era fácil escapar a cárceles más grandes. Ser libres para no hacer nada.

El día que me fui no pensaba en todo esto. El día que me fui me escapaba de un sorete que me hablaba de la clase obrera, pero que le daba miedo mi barrio, que le daba miedo eso que yo también era. El día que me fui le regale 'Valentin Alsina' a Manu y me guarde a Camus en la mochila, el mp3 iba a bastar para el resto. El hijo del Cordobes me grito una guarangada y se río de mi cara de demente cuando saque la última foto.


Pero yo nunca más mire hacía atrás.

martes, marzo 24, 2015

Vos pensabas que yo era un monstruo porque apenas me conocías.

¿Qué culpa habrán tenido las autopistas, la televisión, las vedettes, la moral, las revistas paranoicas? Los beatniks seguían viajando y escribiendo, nacía el punk y Bowie aullaba en purpurina. ¿Qué culpa habrán tenido las radios cuando nada más se podía bailar Palito Ortega? La extraña cultura convertida en un pulcro bar llena de gente aterrada y feliz por no saber del sonido sin tiempo, del gusto a sangre en la boca. ¿Tienen la misma culpa que los que hoy vamos a la Houssey a tomar vino sin saber que el piso no siempre estuvo desnivelado? ¿Tienen la misma culpa que los pibes que no saben que su barrio antes era la Villa 15 y no estaba oculta? No son sólo los desaparecidos en democracia, no es nada más Milani, es el eufemismo chabacano de la democracia, el lujo casi monárquico de sus líderes, el fanatismo casi rockero de los militantes, los supermercados, la cumbia, el antifascismo que solamente toca una guitarra, un call center más que abre.
Nadie pisa la calle donde cagan todos los perros de la ciudad, ni cruza la única vereda que llueve todos los días. En este barrio solamente los que se sienten muy sucios se bañan, sin hacer un sólo ruido y con los ojos cerrados.

sábado, enero 17, 2015

No.

No sos apta. La jefa de gabinete lo dijo, las maestras lo repitieron con insistencia en los pasillos. Algunas madres se rieron y también miraron con miedo, indignación, casi pude sentir las burlas en la espalda de mis compañeros. Mi viejo me insistió que no me preocupara, que esa gente no siente nada. Entonces yo no le discutía y cuando se iba, me metía uno de sus libros en la mochila y me pasaba el viaje del 100 conociendo a tipos geniales como Bradbury, que no se parecía a ninguno de mis maestros, ni de mis compañeros, ni a ninguna de las personas que yo conocía. Con el bondi me iba hasta San Telmo, un lugar que se llamaba Caliban donde hacía teatro, y tenía un tiempo para ser otra persona. Tenía un tiempo para ser apta, tenía un tiempo para que no serlo tampoco fuera tan malo. Yo no quería ser musa de nadie, pero si me interesaba escribir, actuar, volvía a mi casa leyendo y con discos que compraba por 5 pesos, como Raw Power, escondido entre mis cosas y establecía conversaciones con las personas que tenía enfrente del tren en Constitución. ¿Qué piensan? ¿Por qué están tan cansados? Yo tenía 12 años y no sabía lo que era trabajar. Nada más quería escribir y tenía la esperanza que las cosas se iban a solucionar, si, el futuro era llegar, poner ese disco y que las pupilas se me dilataran como si el arte bastara como droga. Quería llenarme de todo y que el otro día, la escuela donde me habían echado, la escuela que venía, mis compañeros y sus risas burlonas, sus miradas que eran mutilaciones, no existieran más que en pesadillas, que la realidad fueran las canciones, las alcantarillas sobre las que me cantaban y que había que vivir, destruir, respirarlas. Pero ya no pienso en eso cuando no duermo, pienso nada más en sus miradas, en la tristeza, en el miedo. Y no duermo desde que yo no soy yo. No tanto como lo escrito en esos diarios. No tan yo como lo que se huele en esas entradas a recitales. No tan yo como esa noche en la playa. No tan yo como cuando me decía que tenía que mantener sangrantes mis heridas, y la metáfora se transformo en algo triste, real. Cuesta mucho volver a sentirme bien sin sangrar. No sé como sentirme bien hasta que llego a mi casa, cierro las puertas y otra vez suena ese disco; a veces, sigo manteniendo conversaciones imaginarias y retorna el hambre por tantos libros, por la noche. Tengo la culpa de estar loca, pero no de no ser apta. La jefa de babinete lo dijo. Las maestras lo repitieron en los pasillos y mis compañeros volvieron a reir con miedo. Ellos son el mundo y yo cada vez soy menos yo. No quiero esconderme. Ni que digan que no soy apta. Quiero volver a sangrar.