La literatura no es igual con el estómago vacío que con el estómago lleno, las letras no se dibujan igual en estas manos suaves que en los dedos encallados. Roberto Arlt lo sabía, y sin embargo esta Buenos Aires es totalmente distinta a la que él vivió.

jueves, agosto 22, 2013

Siempre amanece demasiado temprano



"Estas loca"
me dijeron en el colegio
cuando me lamí la sangre de las rodillas
y seguí corriendo.
Era invierno.

El viento de agosto siempre es gélido,
el viento de agosto siempre me rompe
poco a poco
la cordura;
esa misma de los cigarrillos húmedos
que se niegan a prender;
esa misma que me hace esperar en una estación,
llena de olor a flores frescas que no van a solucionar nada,
un tren equívoco
lleno de humo paraguayo.

"Estas loca",
me dijiste sonriendo,
me soplaste en la cara
y tu aliento era pesado y caliente,
tan difícil en agosto.
Las nubes no llegan,
el tren no llega.
Todo el oeste se ve gris.

Antes otro tipo también me dijo
"estas loca"
y no volvió a sonreír.

Y sin embargo,
vos planeas nuestra huída,
estas acá conmigo y con todos los linyeras,
con toda los hombres que caminan mirando hacía abajo,
con todas las chicas que enamoran con aquella oscura mediocridad.
Todos buscamos bajo las vías torcidas
vómito y tierra,
vidrios rotos,
miradas que no sean tortura,
que no sean reproches,
que no tengan miedo de gritar,
que nos confiesen si estamos muertos
o si el tren por fin viene.

Estas acá conmigo y con todos los que ya se rindieron,
con los que tenemos la piel pintada con hematomas,
o tomamos a solas,
los que vamos descalzos por los suburbios,
los que desafiamos las venas ferroviarias.

Los que no olvidamos lo hermosa que se sentía la carne
y nos masturbamos como adolescentes,
acabamos
y solo queremos llorar
o seguir hurgando 
en nuestros sueños,
que no son tan nuestros
si esperamos en una estación donde los trenes no llegan,
donde los trenes chocan,
y no solo huele a flores y prensado,
huele a muerte y a fracaso.

"Estas loca",
me dijo el medico
y mi lápiz se transformo en un manantial.
Tengo la culpa de que no poder atajar el viento de agosto en tu cuerpo,
y de no extraer el color de la tristeza
pero por lo menos no huyo
antes de que el invierno se vaya,
antes de que el tren nos lleve.

sábado, agosto 10, 2013

¿Y si nada hace ya efecto?



Ni la noche con su maquinaria sistemática,
ni las lágrimas,
ni tus ojos,
ni mis palabras.
Ni la música,
ni las pastillas,
ni las botellas vacías.

Ni el alcohol agrio como el vinagre,
ni los vagones llenos de humo,
en fin,
ni los sueños llenos de humo.

Ni la poesía maldita,
ni los versos de amor.
Ni el golpe,
ni la gente linda,
ni las mentes lindas,
ni las sonrisas.

Ni la pornografía, 
ni nada que vibre,
ni nada de carne.
NI nada tan lejano, 
ni nada tan cercano,
ni el olor de los linyeras que me recuerdan los abrazos.

Ni caminar con los borcegos rotos por Buenos Aires,
ni mis piernas que ya de tanto frío no tienen sangre,
ni los recuerdos felices,
ni el rencor olvidado,
ni los libros escondidos,
ni las mentiras,
ni el grito.

¡Ni los gritos!,
ni los ansiolíticos,
apenas sentir los abrazos de los amigos,
los golpes con la música,
los golpes con el grito.

Nada, ya no.
Dejarlo desvanecer.
Dejarlo reventar.

lunes, agosto 05, 2013

Solo confío en lxs que nunca abandonan.


Qué suerte que el mundo no se pueda construir solo con palabras,
que suerte que no sea tan fácil.

Me basta y me sobra 
entender que si me tropiezo en cada vereda
no soy yo la que esta mal,
es el cemento que paraliza, que no deja avanzar.

A las palabras, solo a veces, se las puede quemar.
Pero si veo estas fotos, si me dedico a contemplar las cartas,
comprendo de alguna manera el infortunio que arrastro como ascendencia,
y mis lágrimas son gasolina.

¿Por qué no contentarme solo con eso?
¿Por qué no solo aullar como la perra que soy
y salir a quemar?
Poder decirte que nunca vas a ser dueño de mis ovarios,
que no hay manera que tu desamor apague el fuego de mis versos.

Si fuera tan sencillo,
hacer que tu ignorancia se convierta en miedo,
y cruzarme de piernas en la barra otra vez
y determinar mi soledad
que no son más que recuerdos de la distancia física o efímera,
que la demencia placentera sobre el papel.

Tengo una inocencia tan propia,
que mire fijo a la muerte,
mire fijo a los humanos muertos
y nadie la pudo corromper,
es que no entienden que mis palabras sí construyen poco,
pero que ese poco son las vías de una rabia
de lo que ya no quiere esperar más,
de lo que palpita y no pueden matar.

No se puede quemar lo que arde,
nadie puede escapar.