La literatura no es igual con el estómago vacío que con el estómago lleno, las letras no se dibujan igual en estas manos suaves que en los dedos encallados. Roberto Arlt lo sabía, y sin embargo esta Buenos Aires es totalmente distinta a la que él vivió.

viernes, agosto 17, 2012

Dos semanas de lluvia.



Los niños dejamos de ser niños cuando supimos que lo eramos,
y entonces llego el frío y de lo que hablan los adolescentes,
y todos queríamos sonreír pero camino a casa la llovizna inundó la calle,
y así nuestros zapatos
y así nuestro pelo.
Al fin, nuestra alma, ese suave cerebro.

Y miramos hacía arriba pero allí nunca hubo nada 
y el agua ya nos tapaba las rodillas
y todo amenazaba con llenar nuestros sexos.

Yo me quería marchar, sin decir nada,
sin siquiera gritar.
Cerré los ojos y tuve que aprender a nadar. 

Todos sabemos que los suburbios esconden cables tirados,
animales abandonados
y adolescentes nadando.
Se patean las calles, el asfalto es una pecera que termina aburriendo,
y el encierro, las pastillas, la música
levantan las paredes de la propia construcción, de esta inundación.

Los niños ya no son niños y yo ya no soy yo, 
en mi cabeza siempre le pongo play al vhs de una tarde de abril,
del otro lado de la estación, nadando hacía alguien que escapo.
En mi cabeza hay boletos capicuas de colectivos con frases idiotas atrás,
y botellas vacías y cartones baratos, 
reliquias ahora en la era de la inflación y los flashes digitales.

En mi cabeza hay promesas de una noche de verano,
hay humo y ganas de quemar todo.
Mi cabeza siempre amará el ruido.

En mi cabeza hay muñecas rotas que mi papá guardo con mi primera menstruación
y hay una chica llorando y vomitando en la estación.

Nada, idiota 
que todo se inunda, todo se lo lleva este suburbio.

Nosotros ya no somos nosotros y yo ya no soy yo,
y la gente sigue nadando pero el agua cada vez sube más,
y no sé abrir los ojos abajo del agua. 
Y no sé como hacer para que mis libros no se mojen y mis palabras no se desvanezcan.
No sé. 
La gente sigue nadando y no notan cuando se hunden.
Y el mundo ya no gira, solo flota
y se arrastra.

Yo me quedo mirando al descansar,
y cuando terminé de leer 
voy a darme cuenta todos los sueños que perdí,
de tanto mantenerme despierta,
de tanto mantenerme al flote.

domingo, agosto 12, 2012

Se acabo hablar del futuro.

Bajé del bondi y me senté en la puerta del galpón de Rodriguez y Guidi. La avenida seguía oscura, la boca de lobo apenas brillaba en el suburbio. Martín me dijo que se iba a comprar otro vodka, que es lo único que lo mantenía en pie desde que mi libido no me alcanzaba ni para fingir. Me reí por obligación, le pagué la botella, la termino y se fue. Prostituyo mi tiempo por alcohol y mi alcohol por tiempo, es la verdadera mierda. Tengo la tanga manchada y las piernas con olor a sangre, demasiado frío en esta mugre.


*

Dejarla hedía a borracheras a mis espaldas y gotas de semen malogrado, pero era lo mejor que me pasaba en el día. Tenía que apurarme si quería alcanzar el tren, los bondis ya no pasaban y caminar hasta mi casa no iba a mejorar mi situación. Los ladrillos se caían a cada paso, se estrellaban contra las veredas rotas y las raíces que cambiaban de lugar a las baldosas. Yo veía y me decía que el encanto de los barrios se partía y me reía adentro mío por esa situación de tanguero post moderno, aburrido de las mujeres, porque mis novias y mi idea de amor nunca fueron la misma persona.

La estación de Lanús siempre parece sucia, eventualmente los troncos de los árboles eran pintados de celeste y blanco pero en esa semana lucían guirnaldas baratas y brillantes por las fiestas. No me quise adentrar y me metí desde el bajo nivel al anden, a esta hora se llena de gente que va a otros de los partidos del Sur, pero yo siempre me siento en el mismo lugar, en la escalera enfrente de una panchería, que ahora se encontraba ocupado por una rubia de pelo corto y minifalda de jean, bastante común para esos lares a esa hora, a pesar del frío. Pero esta vez era diferente, me sentí violento, como dominado por algo casi auténtico que no había previsto. Compré dos latas de cerveza en el puestito de comida rápida, y como si el andén pudiera convertirse en un bar, me dirigí hacía mi fiel escalón. Me senté al lado de ella y me sonrió, subimos al mismo tren y bajamos en la misma estación.

- Adivina en qué estoy pensando.
- Cerveza, culos, algún recital, el partido que mañana vas a jugar con tus amigos, el ensayo del miércoles, penetraciones no pactadas en un callejón a la salida de ese mismo recital, "Diario de Invierno" de Paul Auster, tu ex, y en mis ojos azules.

El sexo fue impersonal, muerto, despiadado, pero no vacío, sino necesario. Su boca sabia a mugre y supe que había aprendido a domesticar sus emociones, me alejé sin darle demasiada explicación y nadie volvería a llamar. Supuse que no era la última vez que la iba a encontrar y ninguno de los dos estaría en el cielo cuando eso ocurriera. Afuera los ladrillos seguirían entorpeciendo el camino de la ciudad.