La literatura no es igual con el estómago vacío que con el estómago lleno, las letras no se dibujan igual en estas manos suaves que en los dedos encallados. Roberto Arlt lo sabía, y sin embargo esta Buenos Aires es totalmente distinta a la que él vivió.

viernes, junio 17, 2011

That's Life



Laura bajó por la escalera de la plaza sin saber como llegó ahí, el sol apenas reflejaba en las manos y la ropa era un asco de alcohol, de olor a humo. Trató de acomodarse el pelo y cruzó la calle, apenas conciente de dónde estaba. Había cinco o seis personas caminando por la estación, muy pocos salen a trabajar a esa hora, menos un domingo, pero ninguno parecía venir de una noche de insomnio inducido químicamente. Al menos ella no tenía que hacer, lo pensó como un alivio hacia su desocupación, pero la realidad era que no tener nada que hacer no le hacía bien. Aceptarlo era también aceptar que el nihilismo hedonista que pregonaba con sus amigos era más que nada desesperación, que algo escondía. La brújula parece llevar esta idea a cualquier parte, era esto o un trabajo que la matará más lentamente, esto o las drogas de diseño, la música cada vez más repetitiva, hasta rememorativa de volver a dormir sola en su cama.

Las piernas temblaban de frío, como pudo tomó el tren hacía casa. Subiendo por el ascensor se miraba las manos, tan feliz de que el vestido todavía estuviera en su sitio. Entrar a su casa le costo aún más, no encontraba la llave entre tan poca cosa de su cuerpo abatido y las zapatillas sucias. Entro tropezando con las baldosas, miro alrededor: la ropa tirada, las sabanas manchadas, el olor agrio al ayer, al insomnio, al pulso tembloroso y las cervezas tomadas. A sus uñas pintadas (cada una de un color distinto, para confundir miradas), a sus ojos negros que se confundían con las pupilas. Acostada en el suelo y con los pies para arriba las cosas parecían más claras, del revés, bajándose el vestido para que la ausencia no le viera la bombacha. Ya no soñaba con irse lejos, ni desafiar al destino corriendo por las vías del tren. Había olvidado el sabor al café matutino, a los libros porque sí, solo disfrutaba de ponerse las polleras más cortas, tapar la tristeza con maquillaje y llegar antes que nadie al bar, con las piernas cruzadas apoyadas en la barra, jugando con los pies como un pajarito herido que vuela como a los tirones. Entonces le contaba su vida a un desconocido y como en una mala película terminaba las mañanas donde había comenzado la secuencia de ketamina, whisky y muy poco rocanrol.  Cada día más vieja, más impotente, más pasiva. Pasaba mucho tiempo encerrada afuera, encerrada con los autos, los bares, las luces artificiales, los amigos igual de aburridos. Ahora que estaba adentro sólo le quedaba seguir soñando con amaneceres menos monótonos, quizás un amor o una canción fútil como las adolescentes que le pusiera los pelos de punta y otra vez la invitara a bailar.

El techo le daba vueltas, otra vez tirada sobre las mismas baldosas. Esta vez la sangre había sido sobrepasada por la química, esta vez las pupilas querían abarcarlo todo, comerle los parpados, esconderle la cara de todo. Entonces Laura ya bailaba en el aire, con los deditos de los pies dibujando pecados en el techo. Es que ella tenía deseos verdes y azules, se quería olvidar del gris, de las baldosas sobre la tierra.

Afuera llueve. Laura es un rombo que no para de girar, las flores de su vestido dan vueltas con ella y el olor a ciudad mojada colma la habitación. Hasta las flores necesitan de lo fétido del abono, de lo que hace mal aunque lo busquemos. Algo nuevo se forja en su mente, en el pecho casi muerto de taquicardía antes de la masacre final. El rombito que gira en la suciedad, en la basura cosmopolitan no quiere parar pero va a saltar. Algo esta surgiendo de las alcantarillas y cuando por fin el polvo besa su nariz, sabe que a esta altura, el llanto resulta inevitable. Por fin las paredes, el techo, la sangre y las pupilas se visten de colores, algo nuevo se huele entre tanta lluvia.