La literatura no es igual con el estómago vacío que con el estómago lleno, las letras no se dibujan igual en estas manos suaves que en los dedos encallados. Roberto Arlt lo sabía, y sin embargo esta Buenos Aires es totalmente distinta a la que él vivió.

miércoles, febrero 09, 2011

Caja negra

¿Saltará Fernando? Primero un pie y después otro. Y con los brazos, como si estuviera haciendo equilibrio, como si quisiera jugar a la gravedad. Un pie, otro, y el vacío.

A Fernando lo conocíamos todos, pero de repente se transformo en un fantasma del barrio. Ya no bajaba de su pieza ni salía por la puerta a fumar con los pibes, no había tenido vida después de la escuela ni le interesaba salir los fines de semana. A veces lo veía desde mi balcón, que da enfrente del suyo, pero me daba vergüenza que se de cuenta, entonces me iba por ahí y cuando bajaba a la calle no podía no mirar hacía arriba. Él seguía ahí.

Era bastante simple suponer que estaba deprimido, que tenía razones obvias para no querer salir después de la última internación. Pero para mi no, no se lo veía triste sino tranquilo armando sus aviones. Eran todos chiquitos, pero dentro de esa categoría de tamaño los había de todas formas. Se obsesionaba por los detalles y siempre se lo veía al padre con un plano nuevo, pinturas y otros materiales que calculo eran para el hijo. Las luces de la pieza quedaban prendidas hasta muy tarde, una de las pocas veces que pude hablar con él (después de que todo esto empezó) me había dicho que el dolor no le permitía dormir y que la quimioterapia era aliada del insomnio, entonces no le quedaba otra que buscar con que entretenerse y el aeromodelismo lo había ayudado en eso. Después ya no hubo más charlas, y no me quedo otra que espiarlo para saber de él.

Observar desde afuera la consumación por dentro. Los tumores creciendo en su cuerpo y ¡plash! Detonando. En mi imaginación no había dolor. Soñaba con las venas, la carne y un estómago rosa. Soñaba con Fernando sin huesos ni piel, con un Fernando interno sin más que cosquillas cuando todo acabé. Porque algún día su infierno tenía que acabar, entonces un escalofrío me corría por el cuerpo y no podía más que cerrar la ventana de mi habitación.

¿Tan simple era suponer que estaba deprimido? Porque pensar que por eso no bajaba, no salía al mundo exterior, era medio ilógico teniendo en cuenta que el barrio se había llenado de faloperos y el de avioncitos de juguetes, es que a veces la vida privada resulta más interesante que la vida pública, que los pibes y el aire, y el humo y las veredas rotas. Desde nuestros balcones no solo se veía el del frente, se veían las antenas de los televisores, un cielo eternamente gris y las casas chatas, bajitas, hospedando a gente casi muerta. Entonces, ¿saltaría Fernando? Yo lo observo desde el frente y creo que es hora de mirarlo a los ojos. Y contemplando el fondo de su habitación ya no queda lugar para él, demasiados aviones y quimeras. Aviones que no vuelan. Aviones fijos, estáticos, con alas sin viento, cuerpos paralizados. Aviones con colores, acrílicos de los más brillosos y ahí, solos. Juntos pero no mezclados, a la deriva de un balcón que no es ningún aeropuerto y con un piloto roto que no sabe que hacer con la caja negra. ¿Se irían los tumores alguna vez? ¿Hoy era ese dia? El cáncer no se detiene, avanza siempre un poco más. A diferencia de los aviones, claro. Desde debajo del balcón no hay gravedad con la que luchar, porque no es así tan simple, como tirarse y volar. Tirarse y salvarse, sin abrazos de misa, con el suburbio a sus pies. Y desde debajo del balcón, otra vez, la gravedad y la vida, la muerte, y cosas sin importancia.

Ningun balcón, ninguna pieza, es un aeropuerto, pero el encierro... el encierro. ¿Fer cuándo vas a planear?