La literatura no es igual con el estómago vacío que con el estómago lleno, las letras no se dibujan igual en estas manos suaves que en los dedos encallados. Roberto Arlt lo sabía, y sin embargo esta Buenos Aires es totalmente distinta a la que él vivió.

miércoles, octubre 20, 2010

Kick your bones until they crack


Gabriel cruzo Plaza Miserere y subió al tren del último andén. Todos salían del trabajo a esa hora, consiguió asiento pero la gente subía desesperada buscando donde apoyarse, parecían animales muertos de hambre y el calor asfixiaba. Por su ventana se veía a las palomas, cada vez más obesas, peleándose por un pedazo de pancho que se le había caído a una mina minutos atrás.

A pocos minutos que el tren saliera, se subió un tipo pidiendo, contando que tenía sida y mostrando los remedios que el gobierno le regala colgados en el cuello. Todos los días lo mismo, el regalo estatal de sobrevivir y no darte ni una pista de lo que es vivir. Y de última la limosna también es un regalo gubernamental a los buenos ciudadanos, no sentirse tan mierda calentándose el culo en la estufa si se dono un par de medias en la colecta anual de Caritas.

Gabriel pensaba todo esto mientras le miraba las tetas a una mina muy linda que se había sentado en el asiento enfrente, y mientras trataba de concentrarse a la vez en su libro. Demasiado en la cabeza. Pero por lo menos no tenía que manejar, es una de las ventajas de ser lo suficientemente pobre como para no tener auto pero tener lo suficiente para pagar un boleto viendo lindas tetas y regalando monedas a quienes las piden. Demasiado ahí afuera. Al lado se le había parado un pibe con uno de esos celulares que reproducen mp3. Y no solo eso, sino que los re-producen para todos, en este caso para quienes estaban en ese vagón y especialmente para Gabriel que tenía el oído a la altura del aparatito que no paraba de escupir flatulencias musicales. Cuando el era adolescente no existía eso, el último invento había sido un rescate retro: la democracia y las cuentas pendientes traducidas en la inflación que hacía imposible comprar cualquier artefacto, mucho más difícil algún disco de esos que le gustaban. No tenía nada en contra del rock nacional, pero la reciente guerra y el pecho inflado del patriotismo habían terminado con sus ganas de escuchar Seru Giran, Almendra y algunas  bandas de pop que resultaban nuevas por esa época. Gracias a Sumo se había enterado de Joy Division y se sabe que el virus británico es contagioso para cualquier argentino con cierta sensibilidad y esa idea heredada de que lo europeo es mejor. Nadie en el bachillerato coleccionaba esos EP’s y LP’s que a él le rompían la cabeza, los más inteligentes adoraban a Pink Floyd. Y no es que el no, sino que el europeísmo que el amaba estaba lejos de la música épica de conservatorio, sino que era el del resultado de la represión de Tatcher, del “no futuro” juvenil y los hierritos de los tirantes raspando los brazos ajenos en pogos, bastante más violentos que los locales porque los pocos acordes se repetían freneticamente y toda elegancia mod había quedado hipnotizada en medio de la violencia. Habían pasado dos décadas de ese primer amor, de los primeros borcegos (que de cualquier manera ya no usaba) y de una scooter que se veía tan lejana como Inglaterra. Ahora era tan fácil conseguir de esos discos, se los podía bajar con cualquier computadora o buscarlos en disquerías entendidas sin que nadie te mirara como si fueras un traidor a tu generación patria. De repente había un grupo de jóvenes que se sentían barra bravas ingleses y decían sufrir de las fuerzas de seguridad. Había una punta de donde agarrarse. “Inclusive cuando un pelotudo te taladra la cabeza con esta mierda mientras intentas leer un libro tranquilo en el tren” pensó Gabriel con rabia.

Pensar esto era también pensar que los militares ganaron, y supongo que también Inglaterra, la de los reyes y la música beat para que la reina sacuda sus joyas. La democracia ganó, con su libertad para no vivir. Y el colegio, los maestros. Ganó el SIDA y los restos de cocaína que le quedaban en el bolsillo. Pero más que nadie ganó ella, con sus sonrisa descuartizada y la cara flaca, que le dijo que no cuando él le había repetido mil veces que sí y así estaba ahora, en su lugar cómodo de quejas, odiando a gente que no conocía y con la que compartía el espacio: toda esa mugre en el tren, el jefe, la mina de las tetas que ni lo miraba, los amigos en el bar, el chico con el celular, el tipo que le vendía… Y Gabriel, con ese libro y ese aire de superioridad, con esa excéntrica manera de andar por la vida busca sensibilidad cuando no había nada más frío que su forma de pensar. La idea sería estar con ella, claro, crear su propio Londres en el medio de tanta mediocridad. Pensaba, pensaba y a Gabriel se le llenaban los ojos de lágrimas y el puño de rabia. El puño de rabia. Los ojos, los ojos, los ojos tan llenos que se desparramaban por todo el vagón. Juguito ocular y pedazos de retina, llorar sin pestañas ni parpados porque todo se había olvidado. Los ojos, el puño, la rabia. El puño, las lágrimas. Los militares, sus padres, los discos, la represión que no había vivido, la vida que se había inventado.

Cuando bajo en Paso del Rey, haciéndose lugar entre la multitud y la transpiración de los que vuelven de trabajar, el chico del celular ocupo su lugar y Gabriel pudo ver como la chica de las tetas lo miraba haciéndose la puta. El puño lleno de rabia, bajar de ese infierno. Guardar el libro en el morral, caminar hacía su casa. Las cámaras de seguridad que puso la municipalidad allá arriba, vigilando desde el poste como sus ojos vacíos, igual de inútiles.

La madre en la casa, los ojos, y la garganta seca. – ¿Estas bien, hijo? Y la misma soberbia en la mirada, qué entenderá ella, la única que se queda a su lado que es estar bien. Ir hasta la pieza, cerrar la puerta, prender el aire acondicionado, poner un disco y olvidarse de todo lo demás. Londres estaba más cerca y Buenos Aires era él, los dos jodidos ojos mirando más allá porque el más acá era la enésima mujer en abandonarlo. Los ojos, el puño y la niebla, con esas miradas frías inglesas y los edificios que ya se caen de tanta humedad.

8 comentarios:

Pachyy dijo...

mmm nunca te lei,
pero esto me hizo pensar en bukowski cojiendo con pizarnik

eso es normal o estoy muy enfermo?¿

en fin...nose

Qucsito dijo...

POLY ,DADO MI EXTREMO APRESIO POR VOS ,MI ADMIRACION Y LA KONFIANZA ,Y EL PLACER Y DELEITE KE ES LEER TUS HISTORIAS ... VA MAS KE DELEITE DIGAMOS KE ES UN ORGASMO PARA LA VISTA LA MENTE Y LOS ODIOS SI SE SON LEIDOS EN VOZ ALTA...


TE RE KIERO GUASHITA Y TE ESTRAÑO :(

Extinction dijo...

De donde sacaras las ideas y las palabras

una masa, me re cabe como te expresas

blablabla

chau

Uninterested.Clown dijo...


Muy interesante lo que escribiste!
Pero lo que leí se vío muy opacado por las 3 fotitos de ahí arriba!!

Que lindos dientitos (ó dientecitos, nunca entendí eso...)

Saludos!

Anónimo dijo...
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Poly dijo...

Bueno gracias a los dos, pero lo de la foto no lo tomo como un cumplido.

nec dijo...

me gusto realmente, los golpes de realidad lo hacen sentir mas cercano a los que aluga vez nos toco vivir algo asi.


espero seguir leyendote.

^^

Nec

Bob dijo...

deje de vivir en córdoba mientras leía el cuento.

de puta madre.