La literatura no es igual con el estómago vacío que con el estómago lleno, las letras no se dibujan igual en estas manos suaves que en los dedos encallados. Roberto Arlt lo sabía, y sin embargo esta Buenos Aires es totalmente distinta a la que él vivió.

sábado, septiembre 04, 2010

Porque Sur


Yo no estaba triste, pero apenas existía. La gente iba y venía, el viento veraniego empezaba a comerme la transpiración y las horas a comerse la noche que, igualmente, amenazaba con ser muy larga.

La cuestión es que estaba sola y era sábado, que la plaza de Lomás de Zamora comenzaba a llenarse de parejitas y que él se estaba tardando. Entonces había que buscar en la mente que podía distraerme, empezar a preguntarme por qué nunca tengo un punto fijo donde asentar mis pies, por qué mi vida parece una secuencia de situaciones disparejas que cuesta enganchar, con distintos y distintas amantes, con diferentes amigos, ocupaciones y hasta intereses. Había llegado a un punto conciente de que las pesadillas infantiles son muy similares a los sueños adolescentes, y que esa adolescencia se me escapaba y se convertía en juventud, pero que todavía deambulaba por las calles bancandome mi propia compañía como una caja de pandora y las esquinas de amigos como las paradas obligatorias.

Tenía entonces que meter en la balanza lo que quería, dejando de lado el miedo a que la sociedad me contagiara lo preestablecido y dejar de tirar manotazos a lo que se esfuma para ver si podía rescatar algo para ese futuro al que siempre le negué la existencia, con el culo y el corazón en las manos.

Entonces llegó Esteban y con esa sonrisa que hacia que sonriera todo mi cuerpo me rescató de lo que pensaba. Nos habíamos visto por última vez el 30 de Mayo en el cementerio de Avellaneda casi de casualidad e inmediatamente se me hizo necesario inventar una excusa para un nuevo encuentro.

Me había traído un tinto que no tardamos en bajar mientras salíamos de la plaza. “Cuando Esteban guarda silencio es porque me va a dejar en bolas con lo que me va a decir” pensé, pero no fue más que seguir caminando hacía la deriva mientras arreglábamos y desarreglábamos el mundo con charlas de borrachos pasados de hora, con algo de tensión sexual y poca confianza, llena de sonrisas cómplices.

Salimos hacía la peatonal, hasta alejarnos de la estación y llegar a la casa de un amigo en común, donde lo había conocido hacía dos años atrás. Tenían una banda y ahí ensayaban, si bien los equipos eran precarios, que se pudiera fumar y aspirar cualquier cosa hacía más amigable al lugar que aquellas pulcras salas de ensayo donde a lo sumo se puede tomar una cerveza.

Antes de tocar el timbre, nos sentamos en la puerta a terminar lo que quedaba de vino, entonces me pregunto

- ¿Vos también tenes esa puta sensación, cuando caminas por algún suburbio del sur, de sentirte parte de algo y no saber bien qué?
- … Y si, pero vos ya no vivís acá. – le dije

Me miró con un poco de rabia, parecía que le gustaba que lo desafíe.

- Ya sé, pero cada vez que vuelvo me pasa lo mismo.
- Si, a mi también, y es siempre de noche. Como algo que no termina de suceder y cuando creces terminas dando por muerto.
- El problema es que no…
- …. Después viene el aire, las luces azules de los patrulleros y los arboles saliendo como monstruos desde el asfalto.
- Exacto. Te vomitan en la cara que no murió nada, que nos sigue esperando…
- No te equivoques con quimeras eh, no lo vamos a descubrir jamás.

Le dí el último trago al cartón y lo tiré a unos metros de la puerta, antes de entrar Esteban me tomó de la mano y me pareció que murmuro algo. Supuse que la noche al final no iba a ser tan larga.