La literatura no es igual con el estómago vacío que con el estómago lleno, las letras no se dibujan igual en estas manos suaves que en los dedos encallados. Roberto Arlt lo sabía, y sin embargo esta Buenos Aires es totalmente distinta a la que él vivió.

martes, julio 27, 2010

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1: La noche

Bajamos por la escalera de las manos como si fuéramos una pareja de adolescentes. Sebastián me agarraba fuerte y me rogaba a gritos y carcajadas que no me cayera. No era nuestra primera noche en aquel antro que hacíamos pasar por bar, la humedad se olía hasta con los ojos y se impregnaba en cada poro sudoroso de etílico. Ya era tarde y los coros de los borrachos se oían en todo el salón. Sebas había corrido con sus amigos y las chicas sonrientes que lucían las bombillas de los tragos en sus labios con la mirada despreocupada. Mi suerte no era aquella: tenía el estomago descompuesto y un nudo subiendo por mi garganta, casi sin dejarme respirar. Podría haberme quedado en casa, pero la situación no hubiera sido mejor, el café ya no me sabe como antes y escuchar las mismas canciones cada fin de semana se me hizo vicio… además ¡qué carajo! Cada uno de los que estaban ahí eran mis amigos, conocían el olor a mi vomito como ni mi madre en épocas escolares y habíamos visto el amanecer juntos más que cualquier pareja de amantes, les debía mi presencia aún más no haya sido para quedarme en un rincón con la mirada perdida y las piernas temblando.

Todos sabían que no es oportuno hablarme cuando estoy así, pero vos no porque ni sabías quien era. Apoyaste el brazo en la pared y aunque te interesaste en saber mi nombre yo solo sonreí, no me fije en vos hasta que no apareciste con una negras de esas dulces y espesas que parece pecado tomarlas del pico pero que uno lo hace igual por miedo de contagiarse algo de esos vasos inmundos. Me dijiste tu nombre, me contaste sobre tu trabajo y porque habías dejado de estudiar letras. Se hacía imposible no admirar tu manera de conjugar, darme sexo y violencia con tus palabras, que no eran más que el cuento de tu vida. Si solo asentía con la cabeza era porque no quería que se me notara la calentura ni la descompostura, le recé a cada ente cristiano que no me dejará vomitar allí. En el medio del silencio sonaba rock nacional, esas canciones que te sabes aunque no quieras y que yo canté en voz baja para fingir que no me interesaba hablarte. Entonces me preguntaste por mi, qué hacía, si venía seguido a ese bar porque vos no eras de acá… y otra vez me enredabas con tus palabras. Por fin te hablé.

- Hace tres o cuatro días que no duermo más de cinco horas seguidas, así que trata de no forzar mi cerebro
- ¿Y no estas cansada?
- No si me invitas a otra cerveza.
- Mejor aún, vayamos a caminar.

Apenas salimos noté que tenías la nariz rota y que se notaba en el bigote apenas afeitado un tono rojo. Te pregunte que te había pasado y vos me dijiste que eso era por intentar un mundo nuevo, libre de imbéciles que creyeran en la superioridad. De repente me dí cuenta que todos querían cambiar el mundo. Yo no. Solo quería drogarme, hacía rato que el soñar despierta con bombas me importaba menos que estar dada vuelta. Pero tu nariz rota me causo ternura, aún más tu optimismo: tantos años de literatura revolucionaria no eran nada comparados con esa causa, la sangre corriendo por tu cara y algún chico de pensamientos arios recorriendo las mismas calles que nosotros después de esa pelea de bar donde ambos creyeron cumplir sus utopías. Supongo que así son más felices que yo que busco la calma en cervezas y marihuana.

Pronto iba a amanecer y vos no parabas de hablar, yo solo tenía ganas de vomitar, largar todo en la acera, pero no podía porque vos estabas ahí con tu cara de loco y los ojos espiando mi escote, hubiera sido una lastima mancharlo con mi cena. Cuando quise darme cuenta no sabía donde estaba y vos me señalabas una luz prendida de un edificio de esos que sobran por Buenos Aires.
- ¿Qué hay ahí?
- Mis dos gatos, algunos discos, libros en cajas, té y algo de ketamina.
Esa era una propuesta difícil de rechazar.

2: la continuidad

Era más que las cervezas negras, la nariz rota, la mirada en mi escote, el cuarto de gatos y discos, té, libros y drogas. Era dos brazos fuertes marcándome la cintura, una sonrisa de locura y medio litro de saliva en mi entrepierna. Una coherencia llena de niebla. Sus dientes rozando mi cuello, su boca en mis dedos. Diez alfileres con formas de uñas atándose a mi cuerpo. Su cama era más un campo minado que una guerra.

3: el amanecer

Sebastián me llamo, pero no oí el teléfono. Más tarde le devuelvo el llamado, de cualquier manera sabe que estoy bien. Siempre lo estoy.

¿Y vos?
¿Creíste que todo era verdad?
Quizás vimos demasiadas películas y nos terminamos creyendo personajes de alguna, vagabundeando en la noche, recorriendo los laberintos de los pensamientos y sentimientos del otro como alcantarillas que tienen fin solo en el asfalto. La nada, esta calle. El tiempo mata toda poesía posible y el tiempo es lo que mueve a esta ciudad.

Es increíble lo resentidos que estamos con la sociedad. Sin embargo, no es eso en lo que pensamos cuando cojemos o cuando juega nuestro equipo. Después miramos tele y sacamos a pasear al perro. Es por eso que necesitamos de todo lo demás.

Yo siempre vuelvo al bar.
Siempre vomito antes del amanecer.

Pero con vos puedo beber en todas las esquinas, fumarme cada corazón.
No es una imposición, es casi el destino.

1 comentario:

Androide dijo...

muy lindo. me gusta tu onda, callejera, real, melancólica.. si fuera buen prosero escribiría algo parecido..