La literatura no es igual con el estómago vacío que con el estómago lleno, las letras no se dibujan igual en estas manos suaves que en los dedos encallados. Roberto Arlt lo sabía, y sin embargo esta Buenos Aires es totalmente distinta a la que él vivió.

viernes, diciembre 24, 2010

Desiciones.

El sabía como saben los hombres que era inútil. “Lo voy a matar” dijo, pero no, no, ¡NO! Era inútil. Entonces se abrocho el saco, cerro el gas, puso llave a la puerta y salió. Camino por la plaza y piso las hojas secas, el cielo cada vez estaba más en el suelo y sentado bajo uno de los bancos prendió un cigarrillo. Inhalo el humo y vio a la gente viniendo y yendo, abrazarse, hablarse, saludarse. Y quiso estar con ella, quiso abrazarla y contarle lo que le estaba pasando, pero era inútil aunque pudiera y sin embargo no podía. Si hubiera sonado su nombre la batalla hubiera sido más difícil, hubieran vuelto las horas muertas no dormidas, pero dejo caer la mañana y en el vértice en el que sol apenas alumbra gritó: “¡Lo voy a matar!” y los policías se acercaron y le preguntaron: “¿Le pasa algo señor?” y el repitió lo que sabía y dijo “Pero no puedo, es inútil”, y los azules se fueron pensando que estaba loco. Y llegó la tarde y con ella la noche, se quedaron las palomas hinchadas de hambre y las parejas adolescentes. Seguía sentado, seguía fumando, seguía respirándola. Mientras pensaba no paraba de reír y entonces supo que lo iba a matar. Cuando la bala atravesó la cabeza, las palomas hinchadas de sangre festejaron alrededor del hombre que nada es inútil.

miércoles, octubre 20, 2010

Kick your bones until they crack


Gabriel cruzo Plaza Miserere y subió al tren del último andén. Todos salían del trabajo a esa hora, consiguió asiento pero la gente subía desesperada buscando donde apoyarse, parecían animales muertos de hambre y el calor asfixiaba. Por su ventana se veía a las palomas, cada vez más obesas, peleándose por un pedazo de pancho que se le había caído a una mina minutos atrás.

A pocos minutos que el tren saliera, se subió un tipo pidiendo, contando que tenía sida y mostrando los remedios que el gobierno le regala colgados en el cuello. Todos los días lo mismo, el regalo estatal de sobrevivir y no darte ni una pista de lo que es vivir. Y de última la limosna también es un regalo gubernamental a los buenos ciudadanos, no sentirse tan mierda calentándose el culo en la estufa si se dono un par de medias en la colecta anual de Caritas.

Gabriel pensaba todo esto mientras le miraba las tetas a una mina muy linda que se había sentado en el asiento enfrente, y mientras trataba de concentrarse a la vez en su libro. Demasiado en la cabeza. Pero por lo menos no tenía que manejar, es una de las ventajas de ser lo suficientemente pobre como para no tener auto pero tener lo suficiente para pagar un boleto viendo lindas tetas y regalando monedas a quienes las piden. Demasiado ahí afuera. Al lado se le había parado un pibe con uno de esos celulares que reproducen mp3. Y no solo eso, sino que los re-producen para todos, en este caso para quienes estaban en ese vagón y especialmente para Gabriel que tenía el oído a la altura del aparatito que no paraba de escupir flatulencias musicales. Cuando el era adolescente no existía eso, el último invento había sido un rescate retro: la democracia y las cuentas pendientes traducidas en la inflación que hacía imposible comprar cualquier artefacto, mucho más difícil algún disco de esos que le gustaban. No tenía nada en contra del rock nacional, pero la reciente guerra y el pecho inflado del patriotismo habían terminado con sus ganas de escuchar Seru Giran, Almendra y algunas  bandas de pop que resultaban nuevas por esa época. Gracias a Sumo se había enterado de Joy Division y se sabe que el virus británico es contagioso para cualquier argentino con cierta sensibilidad y esa idea heredada de que lo europeo es mejor. Nadie en el bachillerato coleccionaba esos EP’s y LP’s que a él le rompían la cabeza, los más inteligentes adoraban a Pink Floyd. Y no es que el no, sino que el europeísmo que el amaba estaba lejos de la música épica de conservatorio, sino que era el del resultado de la represión de Tatcher, del “no futuro” juvenil y los hierritos de los tirantes raspando los brazos ajenos en pogos, bastante más violentos que los locales porque los pocos acordes se repetían freneticamente y toda elegancia mod había quedado hipnotizada en medio de la violencia. Habían pasado dos décadas de ese primer amor, de los primeros borcegos (que de cualquier manera ya no usaba) y de una scooter que se veía tan lejana como Inglaterra. Ahora era tan fácil conseguir de esos discos, se los podía bajar con cualquier computadora o buscarlos en disquerías entendidas sin que nadie te mirara como si fueras un traidor a tu generación patria. De repente había un grupo de jóvenes que se sentían barra bravas ingleses y decían sufrir de las fuerzas de seguridad. Había una punta de donde agarrarse. “Inclusive cuando un pelotudo te taladra la cabeza con esta mierda mientras intentas leer un libro tranquilo en el tren” pensó Gabriel con rabia.

Pensar esto era también pensar que los militares ganaron, y supongo que también Inglaterra, la de los reyes y la música beat para que la reina sacuda sus joyas. La democracia ganó, con su libertad para no vivir. Y el colegio, los maestros. Ganó el SIDA y los restos de cocaína que le quedaban en el bolsillo. Pero más que nadie ganó ella, con sus sonrisa descuartizada y la cara flaca, que le dijo que no cuando él le había repetido mil veces que sí y así estaba ahora, en su lugar cómodo de quejas, odiando a gente que no conocía y con la que compartía el espacio: toda esa mugre en el tren, el jefe, la mina de las tetas que ni lo miraba, los amigos en el bar, el chico con el celular, el tipo que le vendía… Y Gabriel, con ese libro y ese aire de superioridad, con esa excéntrica manera de andar por la vida busca sensibilidad cuando no había nada más frío que su forma de pensar. La idea sería estar con ella, claro, crear su propio Londres en el medio de tanta mediocridad. Pensaba, pensaba y a Gabriel se le llenaban los ojos de lágrimas y el puño de rabia. El puño de rabia. Los ojos, los ojos, los ojos tan llenos que se desparramaban por todo el vagón. Juguito ocular y pedazos de retina, llorar sin pestañas ni parpados porque todo se había olvidado. Los ojos, el puño, la rabia. El puño, las lágrimas. Los militares, sus padres, los discos, la represión que no había vivido, la vida que se había inventado.

Cuando bajo en Paso del Rey, haciéndose lugar entre la multitud y la transpiración de los que vuelven de trabajar, el chico del celular ocupo su lugar y Gabriel pudo ver como la chica de las tetas lo miraba haciéndose la puta. El puño lleno de rabia, bajar de ese infierno. Guardar el libro en el morral, caminar hacía su casa. Las cámaras de seguridad que puso la municipalidad allá arriba, vigilando desde el poste como sus ojos vacíos, igual de inútiles.

La madre en la casa, los ojos, y la garganta seca. – ¿Estas bien, hijo? Y la misma soberbia en la mirada, qué entenderá ella, la única que se queda a su lado que es estar bien. Ir hasta la pieza, cerrar la puerta, prender el aire acondicionado, poner un disco y olvidarse de todo lo demás. Londres estaba más cerca y Buenos Aires era él, los dos jodidos ojos mirando más allá porque el más acá era la enésima mujer en abandonarlo. Los ojos, el puño y la niebla, con esas miradas frías inglesas y los edificios que ya se caen de tanta humedad.

sábado, septiembre 04, 2010

Porque Sur


Yo no estaba triste, pero apenas existía. La gente iba y venía, el viento veraniego empezaba a comerme la transpiración y las horas a comerse la noche que, igualmente, amenazaba con ser muy larga.

La cuestión es que estaba sola y era sábado, que la plaza de Lomás de Zamora comenzaba a llenarse de parejitas y que él se estaba tardando. Entonces había que buscar en la mente que podía distraerme, empezar a preguntarme por qué nunca tengo un punto fijo donde asentar mis pies, por qué mi vida parece una secuencia de situaciones disparejas que cuesta enganchar, con distintos y distintas amantes, con diferentes amigos, ocupaciones y hasta intereses. Había llegado a un punto conciente de que las pesadillas infantiles son muy similares a los sueños adolescentes, y que esa adolescencia se me escapaba y se convertía en juventud, pero que todavía deambulaba por las calles bancandome mi propia compañía como una caja de pandora y las esquinas de amigos como las paradas obligatorias.

Tenía entonces que meter en la balanza lo que quería, dejando de lado el miedo a que la sociedad me contagiara lo preestablecido y dejar de tirar manotazos a lo que se esfuma para ver si podía rescatar algo para ese futuro al que siempre le negué la existencia, con el culo y el corazón en las manos.

Entonces llegó Esteban y con esa sonrisa que hacia que sonriera todo mi cuerpo me rescató de lo que pensaba. Nos habíamos visto por última vez el 30 de Mayo en el cementerio de Avellaneda casi de casualidad e inmediatamente se me hizo necesario inventar una excusa para un nuevo encuentro.

Me había traído un tinto que no tardamos en bajar mientras salíamos de la plaza. “Cuando Esteban guarda silencio es porque me va a dejar en bolas con lo que me va a decir” pensé, pero no fue más que seguir caminando hacía la deriva mientras arreglábamos y desarreglábamos el mundo con charlas de borrachos pasados de hora, con algo de tensión sexual y poca confianza, llena de sonrisas cómplices.

Salimos hacía la peatonal, hasta alejarnos de la estación y llegar a la casa de un amigo en común, donde lo había conocido hacía dos años atrás. Tenían una banda y ahí ensayaban, si bien los equipos eran precarios, que se pudiera fumar y aspirar cualquier cosa hacía más amigable al lugar que aquellas pulcras salas de ensayo donde a lo sumo se puede tomar una cerveza.

Antes de tocar el timbre, nos sentamos en la puerta a terminar lo que quedaba de vino, entonces me pregunto

- ¿Vos también tenes esa puta sensación, cuando caminas por algún suburbio del sur, de sentirte parte de algo y no saber bien qué?
- … Y si, pero vos ya no vivís acá. – le dije

Me miró con un poco de rabia, parecía que le gustaba que lo desafíe.

- Ya sé, pero cada vez que vuelvo me pasa lo mismo.
- Si, a mi también, y es siempre de noche. Como algo que no termina de suceder y cuando creces terminas dando por muerto.
- El problema es que no…
- …. Después viene el aire, las luces azules de los patrulleros y los arboles saliendo como monstruos desde el asfalto.
- Exacto. Te vomitan en la cara que no murió nada, que nos sigue esperando…
- No te equivoques con quimeras eh, no lo vamos a descubrir jamás.

Le dí el último trago al cartón y lo tiré a unos metros de la puerta, antes de entrar Esteban me tomó de la mano y me pareció que murmuro algo. Supuse que la noche al final no iba a ser tan larga.

martes, julio 27, 2010

123

1: La noche

Bajamos por la escalera de las manos como si fuéramos una pareja de adolescentes. Sebastián me agarraba fuerte y me rogaba a gritos y carcajadas que no me cayera. No era nuestra primera noche en aquel antro que hacíamos pasar por bar, la humedad se olía hasta con los ojos y se impregnaba en cada poro sudoroso de etílico. Ya era tarde y los coros de los borrachos se oían en todo el salón. Sebas había corrido con sus amigos y las chicas sonrientes que lucían las bombillas de los tragos en sus labios con la mirada despreocupada. Mi suerte no era aquella: tenía el estomago descompuesto y un nudo subiendo por mi garganta, casi sin dejarme respirar. Podría haberme quedado en casa, pero la situación no hubiera sido mejor, el café ya no me sabe como antes y escuchar las mismas canciones cada fin de semana se me hizo vicio… además ¡qué carajo! Cada uno de los que estaban ahí eran mis amigos, conocían el olor a mi vomito como ni mi madre en épocas escolares y habíamos visto el amanecer juntos más que cualquier pareja de amantes, les debía mi presencia aún más no haya sido para quedarme en un rincón con la mirada perdida y las piernas temblando.

Todos sabían que no es oportuno hablarme cuando estoy así, pero vos no porque ni sabías quien era. Apoyaste el brazo en la pared y aunque te interesaste en saber mi nombre yo solo sonreí, no me fije en vos hasta que no apareciste con una negras de esas dulces y espesas que parece pecado tomarlas del pico pero que uno lo hace igual por miedo de contagiarse algo de esos vasos inmundos. Me dijiste tu nombre, me contaste sobre tu trabajo y porque habías dejado de estudiar letras. Se hacía imposible no admirar tu manera de conjugar, darme sexo y violencia con tus palabras, que no eran más que el cuento de tu vida. Si solo asentía con la cabeza era porque no quería que se me notara la calentura ni la descompostura, le recé a cada ente cristiano que no me dejará vomitar allí. En el medio del silencio sonaba rock nacional, esas canciones que te sabes aunque no quieras y que yo canté en voz baja para fingir que no me interesaba hablarte. Entonces me preguntaste por mi, qué hacía, si venía seguido a ese bar porque vos no eras de acá… y otra vez me enredabas con tus palabras. Por fin te hablé.

- Hace tres o cuatro días que no duermo más de cinco horas seguidas, así que trata de no forzar mi cerebro
- ¿Y no estas cansada?
- No si me invitas a otra cerveza.
- Mejor aún, vayamos a caminar.

Apenas salimos noté que tenías la nariz rota y que se notaba en el bigote apenas afeitado un tono rojo. Te pregunte que te había pasado y vos me dijiste que eso era por intentar un mundo nuevo, libre de imbéciles que creyeran en la superioridad. De repente me dí cuenta que todos querían cambiar el mundo. Yo no. Solo quería drogarme, hacía rato que el soñar despierta con bombas me importaba menos que estar dada vuelta. Pero tu nariz rota me causo ternura, aún más tu optimismo: tantos años de literatura revolucionaria no eran nada comparados con esa causa, la sangre corriendo por tu cara y algún chico de pensamientos arios recorriendo las mismas calles que nosotros después de esa pelea de bar donde ambos creyeron cumplir sus utopías. Supongo que así son más felices que yo que busco la calma en cervezas y marihuana.

Pronto iba a amanecer y vos no parabas de hablar, yo solo tenía ganas de vomitar, largar todo en la acera, pero no podía porque vos estabas ahí con tu cara de loco y los ojos espiando mi escote, hubiera sido una lastima mancharlo con mi cena. Cuando quise darme cuenta no sabía donde estaba y vos me señalabas una luz prendida de un edificio de esos que sobran por Buenos Aires.
- ¿Qué hay ahí?
- Mis dos gatos, algunos discos, libros en cajas, té y algo de ketamina.
Esa era una propuesta difícil de rechazar.

2: la continuidad

Era más que las cervezas negras, la nariz rota, la mirada en mi escote, el cuarto de gatos y discos, té, libros y drogas. Era dos brazos fuertes marcándome la cintura, una sonrisa de locura y medio litro de saliva en mi entrepierna. Una coherencia llena de niebla. Sus dientes rozando mi cuello, su boca en mis dedos. Diez alfileres con formas de uñas atándose a mi cuerpo. Su cama era más un campo minado que una guerra.

3: el amanecer

Sebastián me llamo, pero no oí el teléfono. Más tarde le devuelvo el llamado, de cualquier manera sabe que estoy bien. Siempre lo estoy.

¿Y vos?
¿Creíste que todo era verdad?
Quizás vimos demasiadas películas y nos terminamos creyendo personajes de alguna, vagabundeando en la noche, recorriendo los laberintos de los pensamientos y sentimientos del otro como alcantarillas que tienen fin solo en el asfalto. La nada, esta calle. El tiempo mata toda poesía posible y el tiempo es lo que mueve a esta ciudad.

Es increíble lo resentidos que estamos con la sociedad. Sin embargo, no es eso en lo que pensamos cuando cojemos o cuando juega nuestro equipo. Después miramos tele y sacamos a pasear al perro. Es por eso que necesitamos de todo lo demás.

Yo siempre vuelvo al bar.
Siempre vomito antes del amanecer.

Pero con vos puedo beber en todas las esquinas, fumarme cada corazón.
No es una imposición, es casi el destino.

jueves, julio 08, 2010

Metodo Ludovico.

Hay un chico. Encerrado entre cuatro paredes blancas. Cerra los ojos, imaginatelo. Encerrado en una habitación. La descubre, camina. Dicen que no hay habitaciones vacías, pero los detalles realmente se le escapan entre todo ese blanco. Lo lastima la claridad. Toca las paredes, busca una abertura, un lugar mágico por donde salir. Se metio solo, aunque no sabe por donde .La desesperación lo consume. Se esfuman las palabras, los recuerdos, el último cigarrillo. Por más que grite, se esfuma él.

Pasan los días y tal vez los meses, sin amigos, sin sexo, sin café de desayuno y televisión de cena. La mañana que menos lo espero, desperto con una llave a su lado.
Imaginate su sonrisa, su sorpresa.
Cuatro paredes blancas.
Salidas? Puede ser.
Vos ves alguna cerradura?
Él no.

miércoles, febrero 24, 2010

skins

Hubo confesiones amanecidas,
Olor a multitudes de aislados,
Hubo sexo sin sexo
Y una mesa parida de humo y alcohol.

Pero no queda nada más
Que heridas expuestas
Como palomas disecadas
Y a veces cosas tiernas,
Como besos llenos de saliva y desesperación.

Se achicaron las ventanas
Todo corre ahí afuera,
Hay algo de descomposición y locura,
Algo que en mi mente suena a falso

Pero nuestros días no se fueron,
solamente es que el cielo
se esta desparramando en esta habitación,
en este tacho de basura
donde construimos nuestras vidas
con flores y sonrisas,
y la sangre que alguna vez contuvieron las vendas,
de una mascara adolescente.

miércoles, febrero 03, 2010

sombras.

Es tarde y tratar de dormir es inútil. Esta noche pinta no tener bostezos, pinta llenarse la planta de los pies de mugre de tanto estar descalza buscando una distracción en esta pieza, que no me pertenece. Pinta ser rara, nomás, con un silencio que resulta imposible y que me aisla más del afuera, de ese aire pesado con apenas las luces municipales alumbrando el paso de los automovilistas descarriados de un martes nocturno.

Me encierro más en mi cabeza, en mis insomnios perfectos y en la felicidad chupando un limón seco mientras pienso un poco en todo y un poco en vos.

En vos que estas a varios kilómetros de mi fuga y no podes dormir pidiéndole deseos al techo, acariciando la pared con los pies. Vas escupiendo de apoco el alma y al final vas armando la noche como yo, recorriendo mentalmente un cuerpo casi inmóvil como si una nueva pubertad ocupara tu cabeza (…los stickers de los chicles, el día amaneciendo) y apenas reconocieras la habitación donde solías pensar que el tiempo iba a ayudarte a cambiar.

Pero nada cambia.

El mundo sigue cayéndose a pedazos, pieza por pieza sobre nuestros sesos, mientras pocos podemos ver el espectáculo con el ventrículo izquierdo adoleciendo y la cabeza abrazando la mierda, jugando a ser felices con nada.

Entonces, vuelvo a pensar en todo, vuelvo a pensar un poco en vos. Trato de improvisar un bostezo y me acuesto con los pies negros de tanto usarlos de escoba en el piso de la habitación que sigo sin reconocer.

Es como te dije, una de esas noches raras, mi amor. Esa clase de noche en la que llorar suena trillado y las palabras se te escapan de la boca para posarse en tu cabeza, ojos y sordos oídos que no buscan descansar, porque dormir parece morir.