La literatura no es igual con el estómago vacío que con el estómago lleno, las letras no se dibujan igual en estas manos suaves que en los dedos encallados. Roberto Arlt lo sabía, y sin embargo esta Buenos Aires es totalmente distinta a la que él vivió.

lunes, octubre 15, 2007

Alma que sufre eterno desamor

No puedo. Me hartas, el harta, yo harto, vos hartas. Me desilusiono, corro, ¿la vida era esto? Estoy cansada del amor y el sexo, de que todo gire sobre esta cicatriz. Cansada de los ojos húmedos y los labios esperando, del invierno que fue, del verano que no sé si vendrá. De este limbo… ¿di las gracias? De que todo pase, de que nada quede. Del sexo, opuesto y propio, de masturbarme, de los abortos metafísicos. De las minas y los tipos que te cruzan y se cruzarán. De los tipos que se me cruzan, de los que me llevan por delante, de las que yo me llevo por delante. De los amigos y las amigas; de las plazas y del vino. De dejarte, de volverme. Cansada de soñar, pensar, sentir, y nuevamente soñar que algún día tu voz me atrapará. Cansada de los días de lluvia, de amar los días de lluvia, de odiar los días de lluvia, de extrañar aquel día de lluvia. De que los días y las noches no saluden. De que no me saludes. De nosotros, de nosotras, de vosotros y ellas. De que el santo sea santo pero también demonio. De todo pero de nada. De besarte, de dejar que me beses. De la presencia de la muerte, del espíritu de la vida; del Edipo que nunca entendí, del inconsciente de Freud. De que haya esquizofrenia, pero no sea. De ser absolutamente toda la nada, de no ser nada para tampoco ser algo. De que todo se alumbre y se oscurezca en segundos. De las imágenes que no son versos, del estás, si, estoy. Cansada de las no flores, de extrañar nuestros ratos efímeros, del tiempo que se me cae. De abril, pero también septiembre. De las manzanas y los ojos profundos, de las mañanas, y las tardes muy nubladas. De los domingos y los libros que no leeré. Cansada de que nada sea eterno, y que suerte che. De las manchas en mi remera, de los deber y que me debas, de rendir y que nunca la nota me alcancé, de no fumar y leerte la mirada. De elegir pero nunca decidir. Del laberinto de mi cabeza rapada y de las calles. De las palomas, de que nunca nada hago bien, de luchar a los fantasmas y a las tristezas de todas las marcas; de nuestros nombres y el de los futuros hijos. De mis uñas que no se secan, del delineador que se me corre, de que me lo digan, de que me miren y me pongan a prueba. De siempre perder, de nunca ser suficiente. De las circunstancias. Del caos universal y matemático. De ser victima y victimaria, causal y causante. De la familia y las buenas costumbres, de los atrasos, de las peleas, del café, del té, de tus olvidos y tus recuerdos. De las plazas y los bancos a los que ya no me siento. De decepcionarme, de que la gente me degenere, de las risas adolescentes, de la adolescencia cuando adolece demasiado. De tu religión y tus mentiras. De tu no sonrisa, de extrañar tu piel, de “ya no, basta” y que nunca baste. Cansada de que ya no me importe relativamente nada

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