"Estamos aquí para desaprender las enseñanzas de la iglesia, el Estado y nuestro sistema educativo. Estamos aquí para tomar cerveza. Estamos aquí para matar la guerra. Estamos aquí para reírnos del destino y vivir tan bien nuestra vida que la muerte tiemble al recibirnos".
Charles Bukowski.

lunes, abril 16, 2012

Genealogía.

Mi mamá se despertó y se tapo con las frazadas que le presto mi abuela para pasar el invierno. No había estufas y en la pieza de la terraza, en pleno Barracas, hacía frío. Yo me despete enroscada con la misma frazada veinte años después. Las dos oímos que llovía y que el viento nos tomaba por sorpresa la piel. Nos levantamos y preparamos un té, pensando que nunca compartimos uno. Se sentó en la mesa y trató de armar el crucigrama de su vida, más de treinta años, madre casi soltera, hija casi harta. Nunca lo suficiente. Discusiones de pareja, la felicidad apostando por un futuro que no iba a llegar, pero nunca lo pudo saber. El cigarrillo, negro. Los amigos de la iglesia, los hermanos perdidos. Nada de política, nada de música. Lejos. El sexo cansado. El humo, sus piernas. Siempre tan perdida, ¿cómo lo iba a saber?

Y me senté y tome de a sorbos el té, veinte años después, con una casa más comoda que no me pertenece, la maternidad como dulce condena. El vino, las uñas mal pintadas, los ojos cansados. No sé dónde estoy. Las imágenes se esfumaron y que ese día tenía prueba, y que aquella noche había habido guerra, y que la resaca nos rompía.


La mañana en la que murió mi madre se sucedió en mil mañanas. Ya no tengo piernas y el viento huele a sangre.

martes, febrero 28, 2012

Refugios


Y los adolescentes juegan a las escondidas fuera de sus casas
contemplan el cielo negro que de a poco se convierte en gris,
sentados sobre los asfaltos, esas sucias cornisas.

Y se preguntan cuánto serán capaz de aguantar
antes de que el amanecer se los coma,
cuánto más podrán volar
antes del que bullicio los atrape.


martes, enero 17, 2012

Lo cierto es que.

Era imposible imaginar que existieras
en este cielo de plástico y pastillas,
que de tu mirada se desprendiera
el contenido de mis sueños,
ya no tan etílicos, llenos de lo incierto.

Era imposible de creerlo,
que cuando la destrucción me encontrase
desnuda, aburrida, con hambre de vida,
y todas las botellas quedarán vacías
en medio de la jornada del terrible realismo,
tu voz iba a llegar, nueva, destruyendo la celda.

Y mientras los bares cerraban,
tu voz okupo un mundo en mí que creía clausurado

Era imposible de imaginar que tus ojos iban a abrazar mi bronca,
que iba a aprender a querer con otra sangre
y que un nosotros iba a nacer
germinado entre las calles, entre las plazas,
entre los grupos revolucionarios que nos aburren,
entre cada paso desde la mesa hasta la cama,
desde el vino hasta tu casa.

Yo que era pura rabia no podía imaginar
que el futuro
se pudiera moldear desde la felicidad,
que se entrelaza en cada beso,
en cada sueño,
en cada idea.

Y se puede guardar, deshacer y hacer desde un libro,
un fanzine,
un cartón de vino,
una estrella,
un beso.

Yo que era pura rabia no podía imaginarte,
pero vos llegaste,
inquieto, despierto,
con la piel viva
ensañándome que la rabia solo es una parte
pero que las revoluciones también se ganan
entre las sabanas,
mientras el mundo existe lejos
en lo infinito del amor.

Era imposible de imaginar,
pero ahora la realidad también es un sueño.
Y si lógicamente discutimos,
el tiempo solo es un proyectil que apenas hieren
las veredas, las calles, nuestra piel,
cada beso, cada promesa.

Y las mentiras que quieren vendernos,
y las que entupidamente me creo,
y las salidas fáciles que compramos,
y los borcegos desgastados,
y las muertes que nos regalan
quedan indefensas cuando salimos a la calle,
cuando nos unimos en la cama,
con un aire nuevo
con la boca llena de balas
construyendo un futuro que ahora
no es tan difícil imaginar.


miércoles, julio 27, 2011

Destino In Utero

Waterloo Sunset, ilusión pequeña que te quedaste en mi vientre, sin permiso, como una okupa de la propia vida. Coagulito mío, huesitos blandos, pelusita de sangre, sangre mía, de amor, de rabia. No queres nacer todavía, sos como las semillas de los panaderos, y es que los vientos son muy fuertes para tu fragilidad.
Nosotros estamos muy tristes, tristemente alegres por qué sino que será la vida sino tiene contradicción. No queremos lastimarte más, no tenemos adónde ir, ni adónde llevarte.

Acá afuera todos corren. Digo afuera porque yo estoy encerrada, miro al techo, te pongo música, viajo con la luz apagada y las estrellas encendidas. Bailo y te tocó a través de la panza, es un susurro lleno de temor. Todo esta muy revuelto, adentro y afuera. Eso es algo que traspasa las paredes, te rompe las ventanas, porque ahora ya no puedo ser ajena, no puedo pintar paredes, entregar volantes e ir a dormir tranquila. Ahora estas vos, que me demuele la casa, me tira de los pies, me obliga a poner el puño en alto y con la otra mano taparme la cara, de vergüenza, de lágrimas. La política nos absorbe a todos, cosita dulce, hasta a vos que estas tan ajena. Con él, tu papá, tenemos conciencia de las cosas, nos cuesta, nos duele, y hablamos mientras tomamos un té, discutimos, él viene y se va, se queda con su sombra, y con ella hablo, hablo, hablo, hasta que quedamos –vos y yo- tendidas en la cama con un gusto agridulce en la garganta.

Hace mucho que no salimos a la noche, la última vez fuimos a Adrogue a ver a unos amigos. Había música, baile, era una fiesta. Vos con tu cabecita suave no te podes dar una idea de cuántos cigarrillos se fumaron, cuánta cerveza se absorbió. A veces esta casa (que no es mía, que esta lejos de todo lo mío) se vuelve cárcel, paredes húmedas, sentimientos ajenos, entonces me tengo que ir. Vos sabrás entender, bomboncita, que no lo hago de maldad, que necesito salir, ver el pasto público, los autos, las chicas lindas y llenas de libertad, los libros de Parque Rivadavia, la ropa que no puedo comprar. Y a veces salgo sin irme, pongo Bach, la Velvet Underground, te hago escuchar hasta La Polla y leo a Galeano, y te leo, y te cuento, sobre Guatemala, sobre Uruguay, sobre hace décadas atrás, sobre el hambre y también el amor. Y me siento tan pequeña, pequeña como vos. Me hago chiquita, chiquita, chiquita, una pelotita, una bolita, imploto, me desarmo, quedo absorbida, agarrada a tus ojitos.

Dulzura, petalito de savia, no diste ni tu primer suspiro, no lloraste ni una vez. Esta atado en mi tu hilito de vida, en una mañana en que la situación de la muerte nos sobrepasó y entre besos, caricias, y piel formamos tu carita, tus ahora inútiles encías.

¿Vos podrás soportar esto? ¿Serás parte del paisaje o te vas a querer ir corriendo, arrancar las paredes a gritos, patadas, llantos, pañales sucios? ¿Aprenderás, como todos los sometidos, a vivir de la mentira? Hay que saber hacerlo. Y duele tanto decirlo. Hay que leer libros sin venas, hay que quedarse a trabajar, hay que estudiar, hay que tener un título, formar una familia, trabajar 8 horas. Hay que romper ilusiones, hay que tomar pastillas de muchos colores para los nervios. O te podes drogar, escaparte así, tomar mucho vino, llorar, luchar, crecer. No me alcanza la boca, ni las manos, ni el cuerpo, me rompo toda para saber como explicártelo. Uno no puede contra todo, los dueños de revoluciones concretas, de libros del Che, te dirán que esto es hipocresía, que no es conciencia de clase. Y probablemente tengan razón, pero eso no quita que no sean aburridos. La gente ama las cosas aburridas: los coches, los autos, la ropa de marca. Viven muertos por papelitos de colores y números. Hijita mía, te dicen que hay que demostrar siempre que uno es más que los demás y para eso sirve todo lo que te contaba, las mierditas cotidianas. Es la apariencia, la que no tiene contenido y sirve solo para hacernos sufrir: para ser gente piola no hay que demostrar amor por nadie, los sentimientos pasaron de moda. Y es tan difícil, a veces uno piensa que hasta inútil, que me da culpa traerte acá porque llega un punto en que te cansas y te subís arriba de la ola del mundo, gritando “¡Basta!” pero las carcajadas se sueltan y otra vez vas corriendo a buscar un lugar en el tren, para escaparte hacía la comida rutina (y es que el confort también es angustiante). Entonces me quedo afuera, y cuándo me quiero dar cuenta el tren ya se fue, mi bebe… y yo acá sola, en el anden, mirándome la panza.

viernes, junio 17, 2011

That's Life

"Pero esta noche soñé que volvimos a entendernos
que había algo en lo que creer y en nuestras venas aún fuego
pero esta noche soñé que lo hecho estuvo bien hecho
que no nos ganaron las dudas y que aún seguimos despiertos.
Pero esta noche soñé que sigue habiendo respeto
que aprendimos del fracaso y que aún nos importa esto
pero esta noche soñé que también habrá algo bueno
y que lo vamos a encontrar ya que esto no es solo un sueño."

Transfer.-


Laura bajó por la escalera de la plaza sin saber como llegó ahí, el sol apenas reflejaba en las manos y la ropa era un asco de alcohol, de olor a humo. Trató de acomodarse el pelo y cruzó la calle, apenas conciente de dónde estaba. Había cinco o seis personas caminando por la estación, muy pocos salen a trabajar a esa hora, menos un domingo, pero ninguno parecía venir de una noche de insomnio inducido químicamente. Al menos ella no tenía que hacer, lo pensó como un alivio hacia su desocupación, pero la realidad era que no tener nada que hacer no le hacía bien. Aceptarlo era también aceptar que el nihilismo hedonista que pregonaba con sus amigos era más que nada desesperación, que algo escondía. La brújula parece llevar esta idea a cualquier parte, era esto o un trabajo que la matará más lentamente, esto o las drogas de diseño, la música cada vez más repetitiva, hasta rememorativa de volver a dormir sola en su cama.

Las piernas temblaban de frío, como pudo tomó el tren hacía casa. Subiendo por el ascensor se miraba las manos, tan feliz de que el vestido todavía estuviera en su sitio. Entrar a su casa le costo aún más, no encontraba la llave entre tan poca cosa de su cuerpo abatido y las zapatillas sucias. Entro tropezando con las baldosas, miro alrededor: la ropa tirada, las sabanas manchadas, el olor agrio al ayer, al insomnio, al pulso tembloroso y las cervezas tomadas. A sus uñas pintadas (cada una de un color distinto, para confundir miradas), a sus ojos negros que se confundían con las pupilas. Acostada en el suelo y con los pies para arriba las cosas parecían más claras, del revés, bajándose el vestido para que la ausencia no le viera la bombacha. Ya no soñaba con irse lejos, ni desafiar al destino corriendo por las vías del tren. Había olvidado el sabor al café matutino, a los libros porque sí, solo disfrutaba de ponerse las polleras más cortas, tapar la tristeza con maquillaje y llegar antes que nadie al bar, con las piernas cruzadas apoyadas en la barra, jugando con los pies como un pajarito herido que vuela como a los tirones. Entonces le contaba su vida a un desconocido y como en una mala película terminaba las mañanas donde había comenzado la secuencia de ketamina, whisky y muy poco rocanrol.  Cada día más vieja, más impotente, más pasiva. Pasaba mucho tiempo encerrada afuera, encerrada con los autos, los bares, las luces artificiales, los amigos igual de aburridos. Ahora que estaba adentro sólo le quedaba seguir soñando con amaneceres menos monótonos, quizás un amor o una canción fútil como las adolescentes que le pusiera los pelos de punta y otra vez la invitara a bailar.

El techo le daba vueltas, otra vez tirada sobre las mismas baldosas. Esta vez la sangre había sido sobrepasada por la química, esta vez las pupilas querían abarcarlo todo, comerle los parpados, esconderle la cara de todo. Entonces Laura ya bailaba en el aire, con los deditos de los pies dibujando pecados en el techo. Es que ella tenía deseos verdes y azules, se quería olvidar del gris, de las baldosas sobre la tierra.

Afuera llueve. Laura es un rombo que no para de girar, las flores de su vestido dan vueltas con ella y el olor a ciudad mojada colma la habitación. Hasta las flores necesitan de lo fétido del abono, de lo que hace mal aunque lo busquemos. Algo nuevo se forja en su mente, en el pecho casi muerto de taquicardía antes de la masacre final. El rombito que gira en la suciedad, en la basura cosmopolitan no quiere parar pero va a saltar. Algo esta surgiendo de las alcantarillas y cuando por fin el polvo besa su nariz, sabe que a esta altura, el llanto resulta inevitable. Por fin las paredes, el techo, la sangre y las pupilas se visten de colores, algo nuevo se huele entre tanta lluvia.

miércoles, febrero 09, 2011

Caja negra

¿Saltará Fernando? Primero un pie y después otro. Y con los brazos, como si estuviera haciendo equilibrio, como si no quisiera estar ahí. Un pie, otro, y el vacío.

A Fernando lo conocíamos todos, pero de repente se transformo en un fantasma del barrio. Ya no bajaba de su pieza ni salía por la puerta a fumar con los pibes, no había tenido vida después de la escuela ni le interesaba salir los fines de semana. A veces lo veía desde mi balcón, que da enfrente del suyo, pero me daba vergüenza que se de cuenta, entonces me iba por ahí y cuando bajaba a la calle no podía no mirar hacía arriba. Él seguía ahí.

Era bastante simple suponer que estaba deprimido, que tenía razones obvias para no querer salir después de la última internación. Pero para mi no, no se lo veía triste sino tranquilo armando sus aviones. Eran todos chiquitos, pero dentro de esa categoría de tamaño los había de todas formas. Se obsesionaba por los detalles y siempre se lo veía al padre con un plano nuevo, pinturas y otros materiales que calculo eran para el hijo. Las luces de la pieza quedaban prendidas hasta muy tarde, una de las pocas veces que pude hablar con él (después de que todo esto empezó) me había dicho que el dolor no le permitía dormir y que la quimioterapia era aliada del insomnio, entonces no le quedaba otra que buscar con que entretenerse y el aeromodelismo lo había ayudado en eso. Después ya no hubo más charlas, y no me quedo otra que espiarlo para saber de él.

Observar desde afuera la consumación por dentro. Los tumores creciendo en su cuerpo y ¡plash! Detonando. En mi imaginación no había dolor. Soñaba con las venas, la carne y un estómago rosa. Soñaba con Fernando sin huesos ni piel, con un Fernando interno sin más que cosquillas cuando todo acabé. Porque algún día su infierno tenía que acabar, entonces un escalofrío me corría por el cuerpo y no podía más que cerrar la ventana de mi habitación.

¿Tan simple era suponer que estaba deprimido? Porque pensar que por eso no bajaba, no salía al mundo exterior, era medio ilógico teniendo en cuenta que el barrio se había llenado de faloperos y el de avioncitos de juguetes, es que a veces la vida privada resulta más interesante que la vida pública, que los pibes y el aire, y el humo y las veredas rotas. Desde nuestros balcones no solo se veía el del frente, se veían las antenas de los televisores, un cielo eternamente gris y las casas chatas, bajitas, hospedando a gente casi muerta. Entonces, ¿saltaría Fernando? La cuadra ahora esta llena de gente, lo miran, le gritan. Los bomberos y también la policía, la madre llorando. Esto ya parece una serie de adolescentes llena de cliché. Yo lo observo desde el frente y creo que es hora de mirarlo a los ojos. Y contemplando el fondo de su habitación ya no queda lugar para él, demasiados aviones y quimeras. Aviones que no vuelan .Aviones fijos, estáticos, con alas sin viento, cuerpos paralizados. Aviones con colores, acrílicos de los más brillosos y ahí, solos. Juntos pero no mezclados, a la deriva de un balcón que no es ningún aeropuerto y con un piloto que no sabe que hacer con la caja negra. Piloto casi muerto, casi comido, y ¡plash! ¿Explotarían alguna vez esos tumores? ¿Hoy era ese dia? El cáncer no se detiene, avanza siempre un poco más. A diferencia de los aviones, claro. Desde debajo del balcón no hay gravedad con la que luchar, porque no es así tan simple, como tirarse y volar. Tirarse y salvarse, sin abrazos de misa, con el suburbio a sus pies. Y desde debajo del balcón, otra vez, la gravedad y la vida, la muerte, y cosas sin importancia.

 - La gente me esta empezando a incomodar. Fer, ¿te importaría decirme que vas a hacer?
- ¿No te enojas si te digo que no sé? 
- En tu pieza no hay espacio, podrías saltar pero para el frente. La mia esta casi vacía.

¿Y plash? Ningun balcón, ninguna pieza, es un aeropuerto, pero el encierro... el encierro. ¿Fer cuándo vas a planear?

- Quizás otro día.

viernes, diciembre 24, 2010

Desiciones.

El sabía como saben los hombres que era inútil. “Lo voy a matar” dijo, pero no, no, ¡NO! Era inútil. Entonces se abrocho el saco, cerro el gas, puso llave a la puerta y salió. Camino por la plaza y piso las hojas secas, el cielo cada vez estaba más en el suelo y sentado bajo uno de los bancos prendió un cigarrillo. Inhalo el humo y vio a la gente viniendo y yendo, abrazarse, hablarse, saludarse. Y quiso estar con ella, quiso abrazarla y contarle lo que le estaba pasando, pero era inútil aunque pudiera y sin embargo no podía. Si hubiera sonado su nombre la batalla hubiera sido más difícil, hubieran vuelto las horas muertas no dormidas, pero dejo caer la mañana y en el vértice en el que sol apenas alumbra gritó: “¡Lo voy a matar!” y los policías se acercaron y le preguntaron: “¿Le pasa algo señor?” y el repitió lo que sabía y dijo “Pero no puedo, es inútil”, y los azules se fueron pensando que estaba loco. Y llegó la tarde y con ella la noche, se quedaron las palomas hinchadas de hambre y las parejas adolescentes. Seguía sentado, seguía fumando, seguía respirándola. Mientras pensaba no paraba de reír y entonces supo que lo iba a matar. Cuando la bala atravesó la cabeza, las palomas hinchadas de sangre festejaron alrededor del hombre que nada es inútil.

martes, noviembre 23, 2010

La Aldea

Cuando llegó el tiempo de vernos Yamila me regaló un osito. Con pelito marrón, un poco sucio y dos bolitas de plástico negro como ojos. Me lo regalo porque se lo había dado la madre cuando se separó del padre y ya no lo quería con ella. Me costó entender porque me lo dio a mí, que me conocía apenas por la pantalla del monitor, por mis palabras en el teclado. Así, como cartas mal escritas sobre todo, pero más que nada  sobre nuestra principal enemiga: la familia. Es normal odiarla a la adolescencia, más aún porque es nuestra sociedad más cercana, lo primero a repudiar antes de comprarte remeras rockeras y perforarte la cara para ponerte ebrio cada fin de semana, olvidándote que hasta no hace tanto le regalabas a tu vieja adornos horribles que te obligaban a hacer en el colegio. Regalos que a vos te encantaban. Y ella te lo perdonaba. Pero vos ya no perdonas nada y te queres ir a la mierda. Yo también me voy a la mierda, quiero hablar de Yamila y ya no sé como hacerlo. No tenía tan buen cuerpo, pero estaba buena, era linda al menos y eso se veía en las fotos. Nada especial de mis ojos para afuera. Hablaba poco, se reía mucho. Tenía una mochila llena de parches y decía que leía a Poe porque tiene la fama de escritor maldito y a las chicas les encanta parecer raras.

Entonces ahí estaba, a unos metros míos esperándome en el anden. En realidad no sabía si era ella pero me daba igual. Nos dimos un gran abrazo y sin decir nada, me dio el osito. Luego me contaría la historia del mismo y me agarraría de la mano como si fuéramos una pareja. Por esa noche, al menos, íbamos a parecer una.

La lleve a un antro oscuro con una barra más llena de cucarachas que de licores. Los pibes estaban en el patio cerca de los baños sin parar de escabiar. No era el mejor lugar para estar con una chica que acabas de conocer, ni para pasar una noche de otoño frío, pero no había demasiadas opciones y esa noche había bandas.

-         ¿Así que así es el Sur, no? – esbozó Yamila sonriendo decepcionada.

Pobre piba, dos horas de viaje desde el Lejano Oeste para esto. No creo que las diferencias entre un lugar y otro sean tantas, pero el alma de este lugar es pura decadencia humana, es el puente viejo que cruzamos para llegar al bar. Yamila apenas conocía este lugar, y sin embargo no paraba de fumar ni de sonreír. En sus labios había una eterna mueca de alegría que apenas abandonaba para abrazar la botella del pico con la carne de su boca. Se agarraba de su pollera como una niña mujer y cada tanto me miraba, me decía que le hacía muy feliz conocerme. Yo la sentía como una extraña. Tiendo a no creer como reales a mis contactos cibernéticos, para mi son personajes creados por mi mente que no me soporta tan solo los lunes por la tarde, tan aburrido manchando las sábanas de líbido y miedo los martes a la madrugada. No le debo nada a esos contactos y ellos tampoco me lo deben a mí. Aparecen cuando lo deseo, cuando enciendo la maquina de la autogestión del ego y se van cuando la realidad me recuerda que yo tampoco soy real, sería mediocre creerlo así.

A Yamila no sabía si abrazarla o llevarla a hablar en privado, contarle en persona lo que le había dicho conectado desde mi casa… pero la tensión, la puta tensión, era demasiada. Ya ni sexual, pero había algo que demostrar, que tenía mucha onda o que mi intelectualismo no era tan mediocre, que la llevaba ahí porque todavía me quedaba un poco de esa bohemia que me gustaba aparentar escuchando a veces jazz y otras escribiendo en el baño inundado de este mismo bar para publicar todo en la soledad de mi computadora, donde los borrachos del frío del asfalto no llegan.

Adentro las bandas ya habían empezado a tocar, como un artífice más del último rock que movió a las masas. La independencia económica de estos grupos nunca es independencia artística. Nada parece que fuera a cambiar en la ciudad y Yamila tomo de nuevo mi mano, me llevo hacía el costado del baño y empezó a besarme con un aliento insoportable, era una escena muy bizarra, mientras su mano se balanceaba en mi entrepierna y el frío nos helaba los huesos como si no hubiera carne que los recubriera. Me sostuve de la botella de cerveza y le di un sorbo para interrumpir su abrazo, más fuerte que cualquiera que me hayan dado. En el conurbano la noche se negaba a amanecer y el bar ya cerraba. Nos sentamos en la estación de servicio de la esquina y fumamos nuestros últimos cigarrillos abrazados y borrachos. Las nubes azules se hacían cada vez más blancas y el sueño vencía la bebida. Los pibes nos saludaron y se fueron a tomar el bondi a unas cuadras. A esa hora ya no tenía planes de llevarla a mi casa, me dio lástima el viaje largo que le esperaba pero no soy un tipo amigable, soy de los que prefieren que los instantes agonicen en la cabeza como historias sin terminar. La acompañe a tomar el tren para Constitución con un beso en la mejilla, al subir por la escalerita de la estación me saludo con la mano y me sonrió muerta de frío. Supe que no iba a volver a verla.

Llegué a mi casa más confundido que borracho, prendí la computadora y otra vez me puse a escribir. Ya es temprano y el sol entra por mi persiana cerrada. En casa se despiertan. Hablan, gritan, escupen. Nada parece haber cambiado pero mi mirada no es igual. La gente muere y yo me quedo acá.

Y todo es nuevo bajo el brillo del sol, pero todo se hace viejo bajo el brillo de mi pantalla.

miércoles, octubre 20, 2010

Kick your bones until they crack


Gabriel cruzo Plaza Miserere y subió al tren del último andén. Todos salían del trabajo a esa hora, consiguió asiento pero la gente subía desesperada buscando donde apoyarse, parecían animales muertos de hambre y el calor asfixiaba. Por su ventana se veía a las palomas, cada vez más obesas, peleándose por un pedazo de pancho que se le había caído a una mina minutos atrás.

A pocos minutos que el tren saliera, se subió un tipo pidiendo, contando que tenía sida y mostrando los remedios que el gobierno le regala colgados en el cuello. Todos los días lo mismo, el regalo estatal de sobrevivir y no darte ni una pista de lo que es vivir. Y de última la limosna también es un regalo gubernamental a los buenos ciudadanos, no sentirse tan mierda calentándose el culo en la estufa si se dono un par de medias en la colecta anual de Caritas.

Gabriel pensaba todo esto mientras le miraba las tetas a una mina muy linda que se había sentado en el asiento enfrente, y mientras trataba de concentrarse a la vez en su libro. Demasiado en la cabeza. Pero por lo menos no tenía que manejar, es una de las ventajas de ser lo suficientemente pobre como para no tener auto pero tener lo suficiente para pagar un boleto viendo lindas tetas y regalando monedas a quienes las piden. Demasiado ahí afuera. Al lado se le había parado un pibe con uno de esos celulares que reproducen mp3. Y no solo eso, sino que los re-producen para todos, en este caso para quienes estaban en ese vagón y especialmente para Gabriel que tenía el oído a la altura del aparatito que no paraba de escupir flatulencias musicales. Cuando el era adolescente no existía eso, el último invento había sido un rescate retro: la democracia y las cuentas pendientes traducidas en la inflación que hacía imposible comprar cualquier artefacto, mucho más difícil algún disco de esos que le gustaban. No tenía nada en contra del rock nacional, pero la reciente guerra y el pecho inflado del patriotismo habían terminado con sus ganas de escuchar Seru Giran, Almendra y algunas  bandas de pop que resultaban nuevas por esa época. Gracias a Sumo se había enterado de Joy Division y se sabe que el virus británico es contagioso para cualquier argentino con cierta sensibilidad y esa idea heredada de que lo europeo es mejor. Nadie en el bachillerato coleccionaba esos EP’s y LP’s que a él le rompían la cabeza, los más inteligentes adoraban a Pink Floyd. Y no es que el no, sino que el europeísmo que el amaba estaba lejos de la música épica de conservatorio, sino que era el del resultado de la represión de Tatcher, del “no futuro” juvenil y los hierritos de los tirantes raspando los brazos ajenos en pogos, bastante más violentos que los locales porque los pocos acordes se repetían freneticamente y toda elegancia mod había quedado hipnotizada en medio de la violencia. Habían pasado dos décadas de ese primer amor, de los primeros borcegos (que de cualquier manera ya no usaba) y de una scooter que se veía tan lejana como Inglaterra. Ahora era tan fácil conseguir de esos discos, se los podía bajar con cualquier computadora o buscarlos en disquerías entendidas sin que nadie te mirara como si fueras un traidor a tu generación patria. De repente había un grupo de jóvenes que se sentían barra bravas ingleses y decían sufrir de las fuerzas de seguridad. Había una punta de donde agarrarse. “Inclusive cuando un pelotudo te taladra la cabeza con esta mierda mientras intentas leer un libro tranquilo en el tren” pensó Gabriel con rabia.

Pensar esto era también pensar que los militares ganaron, y supongo que también Inglaterra, la de los reyes y la música beat para que la reina sacuda sus joyas. La democracia ganó, con su libertad para no vivir. Y el colegio, los maestros. Ganó el SIDA y los restos de cocaína que le quedaban en el bolsillo. Pero más que nadie ganó ella, con sus sonrisa descuartizada y la cara flaca, que le dijo que no cuando él le había repetido mil veces que sí y así estaba ahora, en su lugar cómodo de quejas, odiando a gente que no conocía y con la que compartía el espacio: toda esa mugre en el tren, el jefe, la mina de las tetas que ni lo miraba, los amigos en el bar, el chico con el celular, el tipo que le vendía… Y Gabriel, con ese libro y ese aire de superioridad, con esa excéntrica manera de andar por la vida busca sensibilidad cuando no había nada más frío que su forma de pensar. La idea sería estar con ella, claro, crear su propio Londres en el medio de tanta mediocridad. Pensaba, pensaba y a Gabriel se le llenaban los ojos de lágrimas y el puño de rabia. El puño de rabia. Los ojos, los ojos, los ojos tan llenos que se desparramaban por todo el vagón. Juguito ocular y pedazos de retina, llorar sin pestañas ni parpados porque todo se había olvidado. Los ojos, el puño, la rabia. El puño, las lágrimas. Los militares, sus padres, los discos, la represión que no había vivido, la vida que se había inventado.

Cuando bajo en Paso del Rey, haciéndose lugar entre la multitud y la transpiración de los que vuelven de trabajar, el chico del celular ocupo su lugar y Gabriel pudo ver como la chica de las tetas lo miraba haciéndose la puta. El puño lleno de rabia, bajar de ese infierno. Guardar el libro en el morral, caminar hacía su casa. Las cámaras de seguridad que puso la municipalidad allá arriba, vigilando desde el poste como sus ojos vacíos, igual de inútiles.

La madre en la casa, los ojos, y la garganta seca. – ¿Estas bien, hijo? Y la misma soberbia en la mirada, qué entenderá ella, la única que se queda a su lado que es estar bien. Ir hasta la pieza, cerrar la puerta, prender el aire acondicionado, poner un disco y olvidarse de todo lo demás. Londres estaba más cerca y Buenos Aires era él, los dos jodidos ojos mirando más allá porque el más acá era la enésima mujer en abandonarlo. Los ojos, el puño y la niebla, con esas miradas frías inglesas y los edificios que ya se caen de tanta humedad.

sábado, septiembre 04, 2010

Porque Sur


Yo no estaba triste, pero apenas existía. La gente iba y venía, el viento veraniego empezaba a comerme la transpiración y las horas a comerse la noche que, igualmente, amenazaba con ser muy larga.

La cuestión es que estaba sola y era sábado, que la plaza de Lomás de Zamora comenzaba a llenarse de parejitas y que él se estaba tardando. Entonces había que buscar en la mente que podía distraerme, empezar a preguntarme por qué nunca tengo un punto fijo donde asentar mis pies, por qué mi vida parece una secuencia de situaciones disparejas que cuesta enganchar, con distintos y distintas amantes, con diferentes amigos, ocupaciones y hasta intereses. Había llegado a un punto conciente de que las pesadillas infantiles son muy similares a los sueños adolescentes, y que esa adolescencia se me escapaba y se convertía en juventud, pero que todavía deambulaba por las calles bancandome mi propia compañía como una caja de pandora y las esquinas de amigos como las paradas obligatorias.

Tenía entonces que meter en la balanza lo que quería, dejando de lado el miedo a que la sociedad me contagiara lo preestablecido y dejar de tirar manotazos a lo que se esfuma para ver si podía rescatar algo para ese futuro al que siempre le negué la existencia, con el culo y el corazón en las manos.

Entonces llegó Esteban y con esa sonrisa que hacia que sonriera todo mi cuerpo me rescató de lo que pensaba. Nos habíamos visto por última vez el 30 de Mayo en el cementerio de Avellaneda casi de casualidad e inmediatamente se me hizo necesario inventar una excusa para un nuevo encuentro.

Me había traído un tinto que no tardamos en bajar mientras salíamos de la plaza. “Cuando Esteban guarda silencio es porque me va a dejar en bolas con lo que me va a decir” pensé, pero no fue más que seguir caminando hacía la deriva mientras arreglábamos y desarreglábamos el mundo con charlas de borrachos pasados de hora, con algo de tensión sexual y poca confianza, llena de sonrisas cómplices.

Salimos hacía la peatonal, hasta alejarnos de la estación y llegar a la casa de un amigo en común, donde lo había conocido hacía dos años atrás. Tenían una banda y ahí ensayaban, si bien los equipos eran precarios, que se pudiera fumar y aspirar cualquier cosa hacía más amigable al lugar que aquellas pulcras salas de ensayo donde a lo sumo se puede tomar una cerveza.

Antes de tocar el timbre, nos sentamos en la puerta a terminar lo que quedaba de vino, entonces me pregunto

- ¿Vos también tenes esa puta sensación, cuando caminas por algún suburbio del sur, de sentirte parte de algo y no saber bien qué?
- … Y si, pero vos ya no vivís acá. – le dije

Me miró con un poco de rabia, parecía que le gustaba que lo desafíe.

- Ya sé, pero cada vez que vuelvo me pasa lo mismo.
- Si, a mi también, y es siempre de noche. Como algo que no termina de suceder y cuando creces terminas dando por muerto.
- El problema es que no…
- …. Después viene el aire, las luces azules de los patrulleros y los arboles saliendo como monstruos desde el asfalto.
- Exacto. Te vomitan en la cara que no murió nada, que nos sigue esperando…
- No te equivoques con quimeras eh, no lo vamos a descubrir jamás.

Le dí el último trago al cartón y lo tiré a unos metros de la puerta, antes de entrar Esteban me tomó de la mano y me pareció que murmuro algo. Supuse que la noche al final no iba a ser tan larga.